A mi padre
Era una tarde de hospital detenida
en el umbral del silencio.
Desde tu blanca cama, rostro sereno,
me entregaste tu último suspiro.
Con el peso de tu partida sobre mis hombros
sentí tu mano sobre mi espalda
y el cansancio de tus años.
También en esa hora final,
para resolver un enigma,
las colinas de Roma
brotaron de tu lánguida voz.
Me viste nacer; sereno te vi partir;
mirabas más allá de nosotros
Con los ojos empañados de despedida
rememoré nuestras vidas en un relámpago:
tus clases de historia vueltas epopeya,
el azadón en tu mano,
mi risa de niño a los cinco años,
esa que aún resuena donde ya no alcanzo
Recuerdo tus pasos sobre la árida tierra,
el polvo cosquilleando la nariz,
el filo partiendo en dos mitades el alba,
el vuelo bullicioso de una perdiz,
y tu voz, grave y segura,
que daba vida a las cosas
con apenas nombrarlas.
A veces, inquieto, te seguía hasta el viñedo,
áspero mapa de raíces y terrones,
donde el viento dibujaba surcos imborrables,
como los que tu vida, dejó en la mía.
Me parece verte en la sala de clases,
el frío del invierno en los adobes,
entre mapas roídos por los años
y el chirrido de la tiza desgastada;
tu lectura pausada,
sembrando palabras que hoy germinan
en las noches vacías de este tiempo maduro.
Y cuando acompañe a mis nietos
a leer su primer cuento,
te volveré a ver junto al pizarrón,
en cada letra que dibujen.
Y, en el silencio, tu voz resquebrajada.
— Wagner Pérez Eulufí
Comentarios
Sé la primera persona en comentar.
Oda a la vela
En cualquier lugar, una noche cualquiera, cuando al ilimitado mundo de los enamorados, lo ilumina la leve luz de una vela, la dimensión es más personal y profunda,…
Y a mis setenta
Y a mis setenta, colmado de sueños, sereno viajo en un tren fascinante, en mi rostro, líneas del largo viaje, en mi maleta, historias alucinantes,…